domingo, 16 de octubre de 2011

Hanzo… buena comida, mal servicio


Nos comentaron de un nuevo restaurante japonés que tiene un par de meses que abrió en Polanco, llamado Hanzo, y que es un lugar de moda, así que fuimos a cenar.
Reservamos con anticipación, pues el lugar se llena y no hay otro modo de poder tener mesa. Al llegar vimos la primera señal de que sí es un lugar de moda: hay un cadenero en la entrada, que la verdad no opuso mayor problema a que entráramos y desde lo alto de su Olimpo de cadenero, nos franqueó el acceso.
Ya adentro nos gustó el lugar, con un salón bellamente adornado y una terraza realmente acogedora en la que daban ganas de quedarse. De hecho nos habían asignado una mesa ahí, pese a que la reservación fue hecha en el área de no fumar. No aceptamos porque había alguien fumando un tremendo puro y nos iba a estropear el sabor de los alimentos y el vino.
Como la planta baja estaba a reventar, nos acomodaron en el primer piso, en un salón más sencillo y con pocas mesas. En recompensa había un lindo ventanal con vista a la avenida Presidente Masaryk.
Como es costumbre nos ofrecieron de beber y Eva eligió, entre una amplia carta de bebidas, un martini con lemon grass ($110) que era agradable, pero demasiado dulce. 
Gerardo prefirió una botellita de sake ($450) que por cierto nadie le servía y por fin se la llevaron cuando estábamos comiendo las entradas.
Desde el principio el servicio fue descuidado y los meseros no tenían un buen (y a veces ni malo) conocimiento de la carta, ni sabían muchos detalles de los platos, lo que dificultó mucho decidir qué ordenar.
Finalmente pedimos tres entradas al centro, al mismo tiempo que Eva solicitó le mostraran la carta de vinos.
Y llegaron las entradas: Primero unos dumplings rellenos de res fritos ($125), sabrosos pero no excepcionales.
La segunda era Shishito con salsa miso cítrica ($75), que eran pimientos japoneses salteados con miso y limón amarillo. Realmente buenos.
Y lo que resultó ser el mejor plato de la noche, el Trío de Langosta ($340) que era ese crustáceo presentado como sashimi, tempura y ceviche. A Eva le encantó el primero, en el que se percibían todos los sabores y cuyo aliño combinaba a la perfección, sin quitarle protagonismo a su majestad la langosta. El tempura también tenía muy buen sabor y textura y a Gerardo fue lo que más le gustó. El menos popular fue el ceviche.
Mientras llegaban los paltos fuertes pedimos unos nigiris, los de Eva eran Maguro (de atún $85) y los de Gerardo Ebi (de camarón $70), que estaban muy buenos y venían presentados en pares.
Menos mal que pedimos ese entretiempo, porque todavía tardaron 25 minutos en traer el pato fuerte. Eva eligió la Pechuga de pato al sartén en especies asiáticas y espuma de siracha con naranja ($285). La carne estaba muy bien cocida y sabrosa y la salsa combinaba muy bien. Buen plato.
Gerardo prefirió el Black Cod con salsa miso cítrica ($310), que era un bacalao negro al horno con la salsa mencionada y germinado de chícharos. Se quedó por debajo de sus expectativas, sin que se pudiera decir que era un mal plato.
Por cierto que la carta de vinos nunca llegó, ni de motu propio ni porque alguien del personal la llevara, pese a que la solicitamos varias veces. Eva tuvo que levantarse a pedirla a un caballero en el salón. Como ya habían llegado los platos fuertes y la idea no era maridarla con aire, decidió ordenar rápidamente algo seguro: un Ensamble Arenal 2008 ($450). Nos sorprendió gratamente el precio, menos de la mitad que en otros restaurantes. En general el precio de los vinos era muy accesible.
Pero desgraciadamente hubo un cambio en el servicio que nos estropeó el fin de la velada.
Llegó a atendernos un mesero al que no habíamos visto antes, quien con mirada desafiante y actitud soberbia afirmó que esa botella no era la mejor elección. Y esa actitud la mantuvo durante toda la noche.
Para cerrar la parte salada de la cena y que tuviera un poco más de sentido haber pedido el vino, que todavía tardaron 10 minutos en llevar, se nos ocurrió pedir sendas Sopas de huachinango y miso ($55 cada una). Pero como pasó con el vino, todos recogían el pedido, pero nadie lo hacía efectivo. Así que esperamos y esperamos hasta que decidimos cancelarla y entonces sí, tardaron dos minutos en llevarla a la mesa.
El mesero soberbio no se dignó a avisarnos que ya iban a cerrar la cocina, por si queríamos postre y nos enteramos al pedirlo. Con todo, tras la intervención del capitán, conseguimos encargar Eva una Pera pochada en vino de ciruela con salsa de té chai ($90). 
Y Gerardo unos Spring Rolls de Ganache de chocolate blanco con ensalada de frutas y salsa de menta ($55).
Como nos habíamos quedado con el gusanito de sentarnos en la terraza pedimos que nos llevaran todo ahí en donde además nos sirvieron sendas copas de Amarula ($70 por cabeza) que era una crema licor sudafricano hecho con fruta de marula y que de alguna manera nos recordó algo al Baileys.
Desgraciadamente, hasta ahí nos siguió el nuevo mesero que lo menos que se puede decir es que era impertinente. Lástima, porque el lugar es encantador y la comida no es mala.


Dirección: Presidente Masaryk 120, Col. Polanco, Ciudad de México.
Tel.: 5203 4815.
Horarios: Dom. de 13:00 a 20:00 hrs.
Lun. a Sáb. de 13:00 a 01:00 hrs.

domingo, 9 de octubre de 2011

Top Champagne… ¡Oh lalá!

En esta ocasión acudimos al restaurante Estoril de la Ciudad de México a una cena maridaje de la casa Louis Roederer, organizado por Antoine Saint-Michel, bajo el nombre de Top Champagne.
La cita era en la cava del lugar, con capacidad para 20 personas. Un lugar muy agradable ubicado en el sótano del local con una entrada independiente. Nos recibieron con una copa de champaña Louis Roederer Brut Imperial, el más vendido de la firma. Mientras esperábamos a que iniciara el convite nos ofrecieron un canapé de callo de hacha y otro de foie gras con zarzamora.

Comenzamos la cena con un Corazón de alcachofa relleno de flor de calabaza. Era un plato muy ligero y los ingredientes estaban muy bien equilibrados y sazonados. La alcachofa era muy suave. Estaba complementado con salsa verde, trocitos de aguacate y unas bolitas de queso. Excepto estas últimas, cuya textura resultaba poco refinada, todo estaba bien y y maridaba excelente con la champaña. Era la misma champaña que habíamos estado bebiendo con gusto desde el inicio, la tradicional Louis Roederer Brut Premier, con su color dorado pálido, su típica nariz compleja, muy buen cuerpo y estructura en boca y una burbuja fina y agradable.

Aurélie Durand, gerente de marca en México de Louis Roederer, dio una explicación muy completa de cada copa y su enlace con el plato, lo que se agradeció doblemente, para poder pasar a degustar, que era el motivo principal que nos reunía.

Como gran estrella de la noche estaba la famosa Louis Roederer Cristal, que en esta ocasión era del 2004. Champaña muy fina, elegante y seductora, presentaba un hermoso color dorado, una riquísima complejidad aromática, un gusto magnífico, con una acidez vibrante y una burbuja muy fina y elegante. ¡Excelente!

La cristal fue la champaña designada para acompañar al plato principal, Mole negro de Oaxaca con camarones y arroz. Buenísimo. La salsa del mole era simplemente soberbia y maridaba a la perfección con el espumoso, cuya fina burbuja limpiaba completamente el paladar. Los camarones eran de primera y el arroz el complemento ideal del mole.

El tercer turno fue para la champaña Louis Roederer Rosé 2006, elegante, delicada, amable y muy agradable. Está elaborada con una mezcla de uvas Pinot Noir y Chardonnay. Tenía un color rosado muy sutil, con matices anaranjados, una deliciosa y fresca nariz en la que destacaban aromas frutales, florales y un agradable toque mineral. La burbuja, fina y elegante, lo perfeccionaba. Lo acompañaba un postre de nombre Delicia de frutos rojos, que de delicioso no tenia nada pues, desgraciadamente, los frutos estaban sobremaduros , lo que le quitaba toda la gracia. Por lo tanto, no valía la pena combinarlo con tan agradable champaña.
Aurélie tuvo el cuidado de guardar un poco de cada una de las champañas que probamos, lo que permitió apreciar en la copa la diferencia de color y tonalidades entre ellas, que iban desde el dorado pálido de la primera, hasta el rosado sutil de la tercera, pasando por el dorado diáfano de la Cristal.
En suma fue una cena muy agradable, con buenos platos, excelentes vinos y magnífica conversación de sobremesa entre los asistentes en el marco acogedor de la cava del Estoril. Todo además a sólo mil 500 pesos por persona.

Dirección:Alejando Dumas 24, colonia Polanco, ciudad de México
Teléfonos: 5280 3507 y 5280 3414
Página web: http://www.estoril.com.mx/
Horarios: Dom. de 13 a 18 hrs.
Lun. a Sáb. de 13 a 23:30 hrs.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Le Thym o el timo

Thym es el tomillo dicho en la lengua de Moliere. Así se llama el restaurante de comida francesa en el Pedregal al que fuimos a cenar, pero más que recordarnos a esta hierba aromática, lo que nos pareció fue un timo.
Ubicado en Periférico Sur, una de las avenidas mas frías de la Ciudad de México, el restaurante Le Thym, del chef Christophe Letemple, ofrece cocina francesa.
Ya adentro nos topamos con un lugar agradable y acogedor. Tenía una terraza amplia y bonita, pero ese día había estado lloviendo y no se antojaba cenar ahí.
Nos recibieron con un martini y un whisky con soda. El martini era demasiado dulce, y sin esa gracia que caracteriza a este trago corto.
La carta lucía interesante, y decidimos compartir dos entradas y una ensalada.
La primera entrada que llegó fue el Carpaccio marine Saint Jacques ($185), que era de callo de hacha marinado en aceite de oliva con hojuelas de jengibre. La presentación era sencilla, pero agradable, el corte del molusco resultaba muy grueso para lo acostumbrado en este tipo de preparaciones y estaba bien aderezado. El único detalle fue que no ofrecieron servirlo y tuvimos que hacerlo nosotros mismos. Éste fue el mejor plato de la noche.
Después llego el Escalpe de foie gras sauntée pomme caramelisse ($240.00). Se trataba de un foie gras a plancha con manzanas caramelizadas. Estas últimas fueron lo más agradable del plato. El sabor del foie gras era demasiado amargo y muy penetrante, incluso nos quedó la duda de si estaba o no en buen estado. El pan que lo acompañaba resultaba grasoso. El resultado era un platillo que sobresaturaba los sentidos y que estaba muy lejos de ser refinado. Lo acompañamos con una copa de Sauternes.
La ensalada era de corazones de alcachofa ($88), y tenía un crujiente de queso parmesano. El sabor estaba bien, pero no sorprendía, y el aliño estaba un poco pasado de vinagre.

Para maridar los platillos principales escogimos un Château Lafitte, Grand Vin de Bordeaux, 2008 ($1000). A la vista era un vino limpio y brillante, presentaba un color rojo cereza con bordes del mismo color, una capa y una densidad media. En nariz presentaba una intensidad aromática media, frutos rojos maduros, algunas notas ahumadas como el tabaco, un poco de chocolate y un ligero toque balsámico. En boca, un ataque medio, buena acidez, taninos amables y retrogusto que coincidía con la nariz.


Como platos fuertes decidimos ordenar: Gerardo un Filet de boeuf Wellington ($325), que pidió termino medio y se lo llevaron bien cocido. La pasta hojaldre estaba evidentemente cruda. Y para coronar todo, la salsa estaba mala, pero literalmente, era tan agria y amarga que daba la impresión de estar ya en estado de descomposición. 
Las verduras que acompañaban estaban sobrecocidas y apagadas. Un pésimo plato de principio a fin. Lástima, porque la primera impresión, a la vista, era buena.
Eva se decidió por el Choucroute garni ($280.00) con chamorro de cerdo. El sabor de la col era correcto, pero la carne era demasiado grasosa. Más bien parecía patitas de cerdo, muy cartilaginosas, pero el sabor era aceptable. El único problema era que aparecieron dos pelitos de cerdo que brotaban naturalmente de un trozo de piel que venia en el chamorro.
Después, como aún nos quedaba vino, decidimos pedir una orden de quesos de la casa ($125) que contenía las variedades Raclette, Gruyere y Camembert. Nada excepcional ninguno de ellos pero aceptables.
Ya para el postre, Eva eligió unas Crepes Belle-Hélène ($73) que estaban rellenas de pera, y venían acompañadas de una bola de helado de vainilla. Estaban ricas y Eva se las estaba casi terminando cuando de repente apareció un cabello dentro de la crepa y ya no pudo acabarlas.
Gerardo prefirió un helado de plátano ($45) que terminó por dejar porque era muy dulce y nada sensual ni especialmente sabroso.
Pretendíamos maridarlos con una copa de vino de postre, pero ya no había de ninguna variedad, entonces nos conformamos con un licor del 43, Eva, y un Strega, Gerardo.
El servicio fue intermitente e impersonal, nada encantador. El chef rondaba nervioso por el salón e incluso se llegó a fumar un cigarrillo del que tuvimos que respirar el humo en la sección de no fumar.
De repente cuando terminábamos nuestros tragos se apagó la luz de todo el local, por lo que pensamos que era una manera poco cortés de pedirnos que nos retiráramos, pero después nos explicaron que se había ido la luz en toda la cuadra y que no era cuestión del restaurante. Así pues, salimos en tinieblas, tras una cena que la verdad nos dejó bastante decepcionados. Lástima porque la terraza era muy agradable.
Los viernes ameniza la velada un cantante francés. Tal vez ese día se esmeren un poco más en la cocina y en el salón.

Dirección: Periférico Sur 2782, Col. Pedregal
Tel. 5652 6347 y 4623 2787
Correo electrónico: reservaciones@lethym.com
Horarios: Dom. de 9:00 a 18:00 hrs.
Mar a Sáb. de 8:00 a 23:00 hrs.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Es Montés y no es gato


Lo mejor del Restaurante Montés es su ubicación, frente a la glorieta de Cibeles, réplica de la de Madrid, en la colonia Roma. Ahí, la terraza es el lugar más agradable, pues si el clima lo permite se siente uno como en Europa, sentado junto a la acera para ver y ser visto.
Sólo que cuando hicimos la reservación, nadie se tomó la molestia de advertirnos sobre las bondades de la terraza y pedimos la mesa en el salón, que no es feo, con un extraño estilo casero, biblioteca (con magníficos libros y colecciones que se vendían en los años 70) y piezas de caza incluidos. Pero tenía un gran inconveniente: olía a insecticida para polillas.
Como ya era tarde y moríamos de hambre, pedimos Eva un Cosmo y Gerardo un vino espumoso al tiempo que ordenábamos al centro dos platos de tacos.
Unos eran los Tacos del aire ($145) anunciados en la carta como de codorniz, pichón, pato o pousain (sic –suponemos que se quisieron referir al pollito o poussin), según la temporada, y servidos con cebolla caramelizada, tortillas de harina y salsa de chile habanero. Los nuestros eran de codorniz y pichón. Estaban servidos sobre una plancha de hierro caliente y su presentación era bastante austera. La carne  tenía un buen sabor en ambos casos, pero el problema es que con el calor de la plancha terminó sobrecociéndose. Pequeño gran detalle. La cebolla era buena y contrastaba bien con el sabor de las aves.
Los otros eran Tacos del campo ($168) que también dependiendo de la temporada podían ser de jabalí, venado, conejo o ribeye. A nosotros nos tocó de ribeye con ribeye. Suponemos que siempre es temporada de res. Éstos venían con tortillas de maíz, salsa verde y cebolla curtida. La carne estaba sobrecocida y dura, y con el calor de la plancha terminó aún peor. Además, fue cocinada con exceso de aceite de no muy buena calidad, lo que le otorgaba un gusto desagradable. Las tortillas eran buenas.
Para maridar una comida un tanto heterodoxa pedimos un vino Malma Malbec 2007 Reserva de Familia, de la Patagonia, Argentina ($830). Un vino muy frutal, con buen cuerpo y tanino intenso.
Eva continuó con una ensalada de arúgula salvaje ($95). Venía con nueces garapiñadas, queso Valençay y aderezada con vinagreta de balsámico de Módena. Una buena combinación, el queso tenía excelente sabor y la ensalada en general estaba muy bien balanceada. El mejor plato de la tarde.
Gerardo pidió una pechuga de pollo orgánico ($178), con coles de Bruselas cocidas, así como hongos y setas salteados. El pollo esta razonablemente bien, con buena textura y combinaba perfecto con las coles, que fue lo que más le gustó, y las setas.
Como plato fuerte Eva ordenó la Lubina a la plancha ($200), servida en filete con puré y salsa de alcachofa, suprema de naranja y polvo de piel de naranja. El pescado estaba bien cocinado, pero un tanto insípido, y la salsa y el puré y el polvo de naranja eran totalmente planos. Las supremas de naranja adornaban el plato de un modo demasiado simple. Y unos tímidos corazones de alcachofa coronaban este triste plato que había sido descrito como la gran maravilla y no llegaba ni siquiera a ser un plato decente.
A la hora de los postres no habia carta y nos ofrecieron una limitada cantidad de opciones nada espectaculares que la verdad no se nos antojaban mucho, pero hicimos un esfuerzo.
Eva eligió de postre la Bomba de chocolate ($70), cuyo único encanto era el ser un pastelillo caliente de chocolate con el centro líquido. Pero llego frío y con el centro sólido, así es que se lo hizo ver al mesero, quien con un enorme descaro sólo metió el mismo postre al microondas unos segundos y lo volvió a presentar. Si de por sí el aspecto era feo y el sabor malo, esto fue el tiro de gracia.
Gerardo cerró con un Struddel de manzana ($70) que fue decepcionante. Pastoso y sin encanto. Para arriesgar la salud, mejor con algo que valga la pena, así que lo probó y lo dejó.
Ya no tomamos vino de postre, porque la verdad no valía la pena el maridaje. Gerardo se tomó un café express y pedimos la cuenta.
El mejor detalle fue la amabilidad del chef Santiago Migoya, quien salió a saludar a los comensales y entre ellos a nosotros.
Si acaso regresamos un día será para tomar algo en la terraza y más para ver que para comer.

Dirección: Plaza Villa de Madrid 17, entre Durango y Oaxaca, Col. Roma Sur, Ciudad de México
Tel.: 5207 2395
Horarios: Mar. y mié. de 13:30 a 23 hrs.
Jue. a sáb. de 13:30 a 0 hrs.
Dom. de 11 a 17 hrs

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El Secreto... Sssshhhhhh

En un lugar de Polanco, de cuyo nombre no queremos acordarnos, existe hace un tiempo ha un lugar llamado El Secreto.
Y es tan secreto este lugar que nada lo identifica como tal. Y para reservar hay que llamar al celular del chef. Y eso es lo que hizo Gerardo.
El chef, quien ha trabajado con uno de los cocineros más famosos del mundo y tiene un conocido lugar de tapas en el mismo Polanco, preguntó si teníamos restricciones en algún alimento y Gerardo le explicó que tiene dificultades para digerir la lactosa. El jefe de cocina ofreció amablemente preparar un menú especial “reducido” pues aclaró que acababan de extender el servicio de cenas de jueves a sábado. Antes sólo abrían para la comida.
La llegada estuvo rodeada de misterio, pues ante la imposibilidad de estacionar el coche, algo rarísimo en Polanco, telefoneamos para preguntar dónde podíamos dejar el auto. Nos preguntaron las características del vehículo y dijeron que alguien estaría esperando en la puerta para recibirnos. Así sucedió.
Ya en la entrada nos salió a recibir uno de los socios del lugar y en la mesa se presentó el chef.
El chef nos envió dos amuse-bouche. Una crema de brócoli con aceite de cebollín, que tenía un agradable sabor y una muy buena temperatura.
Adicionalmente, lo que a Eva le pareció el mejor plato de la noche: un montadito de caracol de Ensenada sobre paté de hígado de pescado con erizo de mar y cebollín, cuajado con alga agar-agar y aderezado con una vinagreta de cebolla morada y un toque de ajonjolí. Una explosión de sabores bien definidos. ¡Magnífico! Todo regado por una copa Pionero Albariño Maccerato ($105).
Seguimos con un plato cuya composición era básicamente: Foie, robalo ahumado y mamey caramelizado, salsa de zanahoria y vinagreta de frutos secos ($134). También tenía algunos brotes y aceite de perejil. Era excelente. Tenía un muy buen contraste entre sabores y las texturas de los diferentes ingredientes eran muy agradables al paladar.
Sólo hubo un problema: que varias veces nos repitieron que era puré de camote, y luego nos dijeron que era puré de mamey. No sabemos si se hicieron camote, pero continuamos confundidos. El plato no demeritó por ello. Para maridar nos ofrecieron una copa de Pedro Ximénez Tradición ($300), muy agradable combinación.
Eva continuó con la Ensalada de bacalao ($92) sobre brandada, tomatitos de Papantla, reducción de vino, jamaica, vainilla y pimientos asados. El sabor del bacalao era agradable. El jitomate había pasado por un proceso de deshidratación y había sido rehidratado con una reducción de vainilla. Sin embargo, la mezcla de sabores se desequilibraba, ya que el jitomate tenía un grado de acidez que sobrepasaba a la brandada. A un costado, una ensalada simple con pimientos, cuyo aliño se había pasado un poco de vinagre. Venía con unos crujientes de pan con romero y aceite de oliva que iban bien.
A Gerardo, por la cuestión de la lactosa, le tocó la Ensalada de tomatitos orgánicos, toque de romero y frutos secos caramelizados ($69). Estaba sencillamente deliciosa. ¿Por qué muchos chefs quieren descubrir el hilo negro en la ensalada? Misterio. Hacer una ensalada sencilla y magistral es posible. Ésta es la prueba.
Elegimos para la cena un vino tinto de la Rioja cuyo nombre parecía un compendio de faltas de ortografía: Remírez de Ganuza Reserva 2004. Este vino ($2,450) se elabora con uvas seleccionadas manualmente de viñedos de una edad de 60 años. Mezcla las variedades Tempranillo (90%) y Graciano (10%) y tiene una crianza de 24 meses en barricas nuevas de roble. Es un muy buen vino. Les recomendamos probarlo.
El primer plato fuerte fue un Bacalao nacional con limón real, piña asada y reducción de naranja ($130). El  bacalao estaba en un buen punto de cocción, la reducción y la piña iban muy bien, y el limón real coronaba todo. Venía acompañado con un poco de algas. Sólo había un problema: le hacía falta más temperatura.
El otro plato fuerte fue el Rabo de toro a la Sevillana ($120), con aceitunas kalamata y chips de camote y papa. La carne estaba muy suave y bien sazonada, resultaba muy sabrosa. Si bien era una porción generosa de un plato muy pesado, valía la pena hacer el esfuerzo. Lástima que se repitió el detalle de la temperatura demasiado baja, que en un plato graso como éste, si fue un detalle muy importante.
Los postres fueron cortesía de la casa
Para Eva sirvieron la Tarta de Queso de cabra con salsa de curry, salsa de albahaca, compota de tomate, polvo de huitlacoche y champiñones deshidratados ($80 precio en la carta). No le gustó.
A Gerardo le tocó la Esfera de chocolate con espuma de leche, sobre bizcocho de chocolate, reducción de jamaica y café ($120 precio en la carta). Una combinación interesante de sabores en una presentación original y creativa. Bien para cerrar la cena.
Los postres los maridamos con una copa de Taso’Real Tempranillo, un vino semidulce que combinó razonablemente bien.
Pese a muchas contradicciones en los ingredientes y muchas lagunas en las descripciones de los platos, exceptuando las explicaciones que nos brindaba el chef, fue una cena agradable y la disfrutamos mucho.
Estábamos tan a gusto que prolongamos la sobremesa con el chef, bebiendo sendas copas de Cardenal de Mendoza ($140) y fumando puros. Gerardo eligió un Cohiba y Eva un Partagas, sólo que el Cohiba tenía un problema y no tiraba el humo, así que mejor lo cambió por otro Partagas ($220 c/u), que ese sí tiraba muy bien.

Dirección: Las coordenadas del restaurante son un secreto a voces que sólo se pasa de mano en mano. Así que, si realmente está usted interesado en ir, mándenos un correo a través de Facebook proporcionando sus datos y en sotto voce le daremos los datos.

martes, 6 de septiembre de 2011

Comida y literatura para chuparse los dedos

Los invitamos a ver la fotogalería de la primera degustación sobre La comida en la literatura mexicana costumbrista, en el Castillo de Chapultepec, con los platillos y el marco incomparable del Museo Nacional de Historia. ¡Está de rechupete!
(Den clic aquí)